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lunes, 26 de enero de 2015

El Escapista

El escapista. Acerca de la vida de Lucio Lemont. 
Dir.: Alejandro Arcuri | Grupo La Rosa de Cobre
Cuatro Elementos Espacio Teatral, Enero 2015




Una radio, una máquina de coser, un bastón sosteniendo las ilusiones de los hambrientos… los diarios, las noticias, los discursos, se cosen a puntada densa en los aires insurgentes y necios de una época decadente. Detrás del telón, una ilusión que se desvanece y flota feérica en las voces de aquellos que alguna vez presenciaron su mágica figura. Se sabe que sólo se puede brillar en los oscuros pactos del cinismo y la fama, que pronto dejan de donar sus espectaculares bendiciones. Por fin, el olvido, una caída sepulcral en el fondo de la nada. Ya no más luces, ya no más colores, ya no más funciones, tan solo la esperanza desdibujada del regreso de aquel tiempo glorioso.




En momentos así ¿Cómo huir al olvido y deshacer el abandono? ¿Cómo escapar a la desidia de la pesadez? ¿Cómo sostener el intento de respirar sin ahogarse en el ardor de la desesperanza? Ahí el escape, ahí la huida. Porque se huye para crear un mundo, se huye por necesidad, porque huir es un movimiento  que se pregunta por todo lo que hace estallar la trama íntima de la vida… el amor, la conciencia, la carne, el éxito, las bombas. Del pasaje por el olvido, donde la memoria traiciona, solo nos queda el aroma lejano de una época triunfal, esa altura imposible de igualar por ilusoria, por vertiginosa y suicida. Entonces, un escape se hace inevitable, más que nunca, desde el valor potente de lo creativo, aunque eso implique perder la cordura, la salud, incluso la identidad. Pero sabemos que siempre habrá una huida más profunda que el escape por la puerta trasera –el suicidio, es la mayor de las ilusiones, de las tristes, claro-. 



Quizás esa huida sea a la manera de un rostro ingrávido, donde la ausencia endémica que imprime todo el peso gastado de un pasado en los hombros de quien ha sido ya olvidado, se convierte en un escape de todo lo que fue idéntico a uno mismo, de todo lo que se esperó de uno, de todo el deseo asesino de los que proyectan su vida afuera por temor a habitarla. Pero la ilusión siempre está, siempre retorna, como esa ilusión decrépita de volver, de volver a volver, y volver, que se filtra disimulada en el estado desesperado de un ya-casi atravesado por un demasiado-tarde. El vicio de saber que aún falta un poco más y mientras tanto la vida se nos escurre entre los dedos, entre los otros, como una sombra pálida de viejo farol oxidado.  

No se puede pensar sino por planos que se cruzan en un campo minado de afectos, en un juego urgente por dar consistencia a todo lo que hacemos. El límite del tiempo no se mide sino por el riesgo de apostar la propia vida, en medio de un bombardeo se escriben las líneas más vitales… y el suspiro encantado de una ilusión, que remueve el cemento del pasado y hace emerger en las ruinas más funestas toda una simpatía necesaria con la muerte. 

Escapar, esa otra manera de volverse otro, de darse una vida.  



domingo, 25 de enero de 2015

Fellini 8 ½


Notas sobre Fellini 8 ½ (1963) de Federico Fellini


Un silencio entre tantas imágenes, sonidos, palabras. Un silencio necesario y buscado. Un silencio que en cierta forma es lo más próximo que se puede estar de algo denominado como verdadero. Pero pese a ello, la vida, el arte, la política, el espectáculo, se conjugan en la incertidumbre que arrasa con esas búsquedas, con esas estancias de silencio. Un bullicio que recorre todo el film entre palabras en diversos idiomas, rostros, personajes, imágenes, sonidos, etc., para atravesar la realidad de un personaje, que es uno y muchos a la vez. 


La incertidumbre nace de la multiplicidad así como la certeza de la unidad. Se pretende unidad donde por debajo sondea una fuerza múltiple, densa e inquietante. Lo múltiple, sus trayectos, sus líneas, sus trazos, no son más que un recorrido que se diversifica a sí mismo, se diferencia. Guido se diferencia en sus sueños, presentes múltiples que se traman con los pasados diversos. Guido es un personaje múltiple que evoca el pasado en un presente diverso. Es un personaje de la diferencia. Está en medio de un film, haciendo medio film, a medio vivir, entre lo que ve, siente, sueña, experimenta y cree. 

Un personaje de perversión, por su fuerza intermitente que no deja de atravesar y de tomar decisiones paradojales. Un personaje que se asemeja a Don Juan, no solo por sus permanentes referencias a los amores, sino por su figura desdoblada entre la imagen de sí y de los otros que no cesa de devolver nuevas formas diversas de sí mismo. Como Don Juan, Guido tiene infinidad de rostros, de afecciones, de pasiones. Don Juan, perverso por su multiplicidad, por su arriesgada empresa de atravesar las formas regulares de la personalidad, por su intensidad en el amor, por amar infinitamente cada nuevo rostro. 


Guido es un Don Juan venido a menos, la rebeldía del harén, imprime las huellas de una vejez que se ha vuelto el hábito de lo indecidible. Se presenta como una figura añeja, que no sabe amar: un doble, una sombra de Don Juan. Y el film no se acaba, como no se acaba la vida tras la muerte: un baile a ritmo de carnaval, que al final, se presenta como la comunidad más íntima de los actores con el mundo que los transita. 


“Mezzo” film es más que un film, por sus potencia activa de afectación, por el sabor que se desprende de ese baile que reúne el arte y la vida por el ritornelo de afectos que se deja llevar. Y ante semejante baile, irresistible por cierto, Guido huye. Porque no queda más alternativa que huir. Huir es la única manera de crear un nuevo mundo, de hacer brotar la vida en medio de lo que asedia. La huida nos abre la vida y el mundo se va con ella.