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jueves, 4 de febrero de 2016

Ropa Interior

Ropa Interior
Dir.: Gimena Torti
Componen: Florencia Álvarez, María del Mar Castronuovo, Virginia Covelli, Gimena Torti
Artista Invitada: Cristina Ribas
Espacio Teatral Cuatro Elementos, Febrero 2016




Mostrar la piel no alcanza para estar desnudo. Se vive desnudo cuando sólo se piensa en estar vestido. Vestidos de sentidos, de razones, de ideales; ojos juiciosos que (in)visten ropajes antiguos y adolecen de sensaciones actuales, miradas que visten significados heredados como una suma declaración unívoca de su pasado. La ropa interior que contiene la intimidad de ese pasado, oculta un afuera más íntimo que lo exterior, su máscara. 

Lo interior no es más que el afuera de toda exterioridad; entonces ahí sí, la piel se vuelve nuestro más profundo y poroso límite. No hay ropa que no sea interior, si el cuerpo olvida todo lo aprendido y se expande osadamente para abrazar el misterio que lo crea. Un cuerpo nunca termina de hacerse.




En Ropa Interior, parece que son cuatro cuerpos en escena, pero infinitos entre sí; y en el entrecruzamiento permanente de sus sincronías, perdura latente un gesto que desborda todo sentido, y se posa en la superficie de lo que cambia, de lo que muta y transforma. Cuerpos tejidos en la filigrana material de una construcción colectiva, donde todo se mueve en la simultaneidad sanguínea de sus pasos, sus (a)brazos, sus músculos y tendones… cuerpos entrelazados por afectos que multiplican sus vidas, que devienen colectivamente un cuerpo-danza. 

Cuatro cuerpos, y hay un quinto -una invitada dicen-, que opera inicialmente la apertura de un plano sensible con su movimiento (des)plegado entre palabras que brotan de un fondo sonoro, ulterior y siempre inasible. Palabras ardientes que explotan en el aire para increpar a esos cuerpos presentes. Su apertura explora el espacio como un corazón que late en alteradas marcaciones, una lengua inquieta que amplía las cavidades molares y expande un mar colorido de movimientos desfasados. Una invitada que deviene “precursor sombrío” entre las fuerzas reverberantes de la atmósfera escénica.




Mover el cuerpo no alcanza para danzar, cualquiera puede hacer eso… se danza cuando nace el movimiento íntimo de un cuerpo afectivo, que despliega la fuerza insurgente de desnudar el sentido común. Ese mismo sistema sensorio-motor que ordena despóticamente todos los movimientos, un protocolo policial del gesto que identifica e interpreta toda expresión. Por eso, nada es más crítico de la buena percepción ordinaria, que un cuerpo que danza la intensidad de su propia interioridad. 

Una danza disruptiva que efectúa la mirada abierta y simultánea de su piel palpitante, atravesando, rompiendo, agrietando el denso terciopelo narcótico de la percepción socialmente aceptada. Es un cuerpo que puede… y que se sostiene en vida por esa potencia que lo activa en medio de fuerzas desconocidas. Tal vez, danzar así, traiga como germen incipiente el acontecimiento de una vida que no cesa de pasar, de fluir infinitamente, en la intensidad derivada de una sensación aún imperceptible.




Cuatro (mil) cuerpos que se dedican a saltar la soga como experiencia del límite, seguirla en su contoneo, caminar sobre ella; cuerpos que dan a plegarse en la propia vestimenta y descender con ojos tomados por la unidimensionalidad de la mirada, un juego electrónico que computa efectos de autómatas (in)sensibles. Cuerpos que exhalan con fuego el aire ritualizado de un fondo muy personal que se agita ante el ocultamiento desesperante de su rostro. 

Los cuerpos al desnudarse no desafían ningún orden de lo cotidiano, si no perforan y deshacen la trillada identidad vestida de simulaciones con la que vivimos a diario. Placebos insistentes que surgen para cautivar el gusto de tener una identidad común, bailar al ritmo de lo que nos mueve, un ser-bailado en la sintonía amable de lo habitual. Un cuerpo vestido que desnuda una docilidad casi teológica al sostener el patrón de medida de toda musicalidad, esa que domina placenteramente el movimiento del cuerpo y del alma.




Despegarse de esa omnipresente mirada constitutiva implica abrir caminos en el interior de una sensación, calar entre sus fibras mínimas y perforar toda suerte de impedimentos que la oculte y la consolide. Sentir en la velocidad pautada de un ritmo métricamente determinado, sentir a velocidad estándar, es marcar el paso de una sensación. 

Lentificando el ritmo de lo que nos mueve, se puede alterar el andar de las sensaciones, y en esa densificación de la vivencia, la simultaneidad del acontecer porta el peso magro de lo desbordante como un grito explosivo de simiente incierta. Sentir siempre a velocidades y lentitudes infinitas.




Estalla, su cabeza razonable, un confuso conglomerado de polvo mental que es necesario implosionar (hacer polvo “estelar”) para abrir ese cuerpo plegado de vestimentas pasadas, harapos incipientes que se (com)portan como un ropero melancólico de todo lo que alguna vez se fue. Acción antropofagia indagatoria de un tiempo que nos constituye como el soporte muerto de una vida inexistente; y ahí mismo, en ese cuer(p)o, en ese pe(n)sar, se libra la más viva de todas las batallas: la imperiosa necesidad de arder deseosamente en preguntas. 

Una batalla de tensiones, de “extensiones” e “intensiones”, en un campo afectivo donde lo vibrátil de las fuerzas nativas de resistencia se lanzan a la confrontación insistente de una vida sin más, de una vida singular. Nada personal, nada individual, pura multiplicación de pliegues anónimos, afectos de una comunidad subterránea que no quiere ser reconocida, tan sólo dejada en paz.

   

       
No es más que danza, dicen. Una danza como territorio de experimentación sensible, una danza micropolítica que potencia los cuerpos efervescentes ante la anestesiada vida cotidiana, donde debe usar(se) lo que todos usan para tener la dignidad de una vida común. Y entre lo común se danza, con ese mínimo movimiento, con un con-mover extendido que afecta y recuerda un pasaje olvidado, que despierta un pas(e)ar repetido e ignorado, que funciona como operativa de desarticulación de la autómata vivencial. 

Se trata de una danza que apuesta por amplificar los pliegues de lo sensible y hacer proliferar las afecciones del alma. Porque tal vez sea ésa la mágica transformación del cuerpo, dar vida al alma sensible que adormece en las más íntimas entrañas de nuestros cuerpos. Quizás lo “interior” de la ropa vaya más allá de la desnudez y evoque el colorido fulgor del alma en sus carnales experiencias, en su profundidad más superficial.





Ropa Interior, expresa la desnudez de un cuerpo que no desea vestirse, que (re)clama con voz anímica cuando la ropa aprieta y sofoca, la desnudez de un cuerpo que resiste el embate de los que se apropiaron del alma como identidad última. Pues se ha hecho creer que el alma pertenece a otros ámbitos, pero no hay más alma que la producida en un encuentro entre cuerpos vivos, que atenta y cuidadosamente se apoyan, se sienten, se rozan, se calman, se rinden, se ronronean, se acarician, se vierten, se ocultan, se grisean, se palmean, se patinan, se aman. Tal vez, hoy, no haya mayor revolución que sostener un gesto amorosamente en el tiempo. 

El alma nunca ha dejado de ser el quantum intensivo de las relaciones corporales, y la danza, ésta danza llamada a sus contemporáneos, el trazado íntimo de una vida que aún no está definida ni figurada. Se trata quizás, de una danza que apuesta a la sensibilidad futura, aún no inventada. Ahí la línea oceánica que esta obra “contemporánea” produce: una y mil posibilidades de co-crear la potencia vital de un cuerpo siempre nuevo.






martes, 28 de julio de 2015

Piel de Chancho

Piel de Chancho
Dir.: Andrea Echeverry
Actúan: María Dondero | Verónica Perez | Laura Giménez
Club de Teatro, Julio 2015



Quizás la pregunta fundamental del teatro, hoy, sea qué cuerpo y qué afectos se componen en escena, qué piel se quiere erizar. Un drama lo es no tanto por la temática que trate - clásicamente solemne- sino por las afecciones que pone en movimiento; su dramática es una dinámica muy poco superficial, es más bien lenta, profunda y densa, esa misma dinámica con que nacen todas las afecciones sin nombre. 

Piel de Chancho tiene uno de esos movimientos pausados que densifica el lazo secreto de una tríada familiar, y enhebra esas vidas femeninas bajo un hilo cutáneo que sostiene, subyacentemente, las partes laceradas de una herencia sobrada de lamentos y frustraciones. Hay toda una operativa de resistencias que se pone en escena: resistencias de una piel calcinada de edad que porta un espíritu fastidioso; resistencias de una piel adulta, blanca y maltrecha por las inquietudes e insatisfacciones culposas; resistencias de una piel joven que se dilata para contener un mínimo de placer en el vacío angustioso de los abusos.



Entre artefactos plegables y rueditas sigilosas, no sólo las cosas se mueven, sino que al moverse no dejan de mostrar su ortopedia más restrictiva, sus límites y sus cobijos, en el encuentro más insignificante de lo familiar. Estas mujeres devienen e intercambian todo un entretejido materno de distancias insensibles y crianzas de pieles impenetrables; y pese a ello, subcutáneamente, algo se mueve con una suerte de fuego latente que asedia con insistencia cada una de esas pieles curtidas. Respirar y revolcarse por el piso con mugre, calmar las heridas superficiales que supuran vapores seniles, ahogar el vacío de los afectos deglutiéndose la propia imagen: sus pieles huelen a descomposición y resignación. 

Es, justamente, en esos momentos de escaras que hacen placas de olvido, donde emerge un grano de vitalidad, una mueca de libertad, una luz. La voz personal, soliloquio secreto, se eleva por esa luz como vapor de mañana perdido en la atmósfera invernal. Abrir la memoria siempre tiene sabor a sudor y las pieles persisten en sedimentar las heridas profundas, no es sino por los poros luminosos de un instante solitario que se filtra y descomprime una vida agitada.   



Piel de Chanco, cruza sensaciones indiscernibles, plegadas en la superficie de un cuerpo familiar, donde brotan los fulgores más contradictorios de la vida afectiva. Se trata de tres pieles que se crispan por los pasados enlazados, tres pieles que se curten por el ardor íntimo de todo lo que nos incinera como humanos. Pieles de colores ultrajados en una herencia decrépita de maltratos, abusos y estigmas lejanos. Tan lejanos que se hacen ocultamente presentes en cada gesto, y en sus profundidades silenciosas, brotan las más insignes indolencias, los artificios manipuladores, las más solapadas demandas. 

En el fondo, no alcanza el fuego terrenal para incinerar esas profundas estrategias de la farsa familiar, entonces, sólo resta albergar las tensiones como quien abraza un ocaso, una mirada anónima, una canción de amor. Tan sólo un abrazo imposible.



Al final del día, la felicidad de cartón resuena en los abandonos reiterados, y la mesa plegable se vuelve reflejo trémulo de lo cotidiano; un juego de gestos traspolados en objetos personalizados, una manzana de brillo verde que pasa de boca en boca, oxidándose. Un trapo, una gasa, un disfraz, envuelven todos esos cuerpos como una piel ajena, que deriva la sensación al vaciamiento dilatado de un placebo. 

Al igual que las ropas variadas que se intercambian a diario, para dejar de ser esa habitual y pesada envoltura monótona de lo mundano, un murmullo final agrieta y abre esa otra piel frágil, que se vuelve profundamente cercana en el remanso olvidado de la desnudez. Porque no hay desnudez que ante todo no sea primero un encuentro con lo más íntimo, con la confusa opacidad que nos habita, quizás lo más profundo finalmente sea la piel… tal vez sea sólo una cuestión de piel.




jueves, 29 de enero de 2015

Almodobar

Almodobar 
Dir.: Natalia Tripodi. 
La Guagua Bar, Enero 2015



Dos zapatos que descansan en la barra pegoteada de un bar trasnochado. Un vaso negro todavía caliente por las manos que lo han acariciado y abandonado. El maquillaje se evapora promiscuo en el aire, como las voces cansadas de una noche agitada. Todo sobreviene en una atmósfera densa, entre sombras simultáneas que se figuran en historias, nostalgias y desamparos. 

Como todo, esto sucede con la naturalidad de lo habitual y la crueldad de lo inevitable: se trata de una comunión femenina de experiencias vitales, entre mínimas e infames. Vidas que sólo salvan su desconsuelo gracias al entusiasmo frívolo y siniestro que provoca contentarse con la banalidad de lo cotidiano. No hay telón de fondo, entre risas y máscaras... solo historias de heridas secretamente abiertas.




Se trata de un bar que alberga mujeres apasionadas por esa búsqueda de un gesto vital que las haga resplandecer. Casualmente todas surcan la desesperación inevitable de no poder escapar de sus vidas opacas, ardidas y olvidadas. En su heterogeneidad, conjugan la amalgama propia de la desazón, y entre idas y vueltas por las mesas del bar, cada una inventa un escenario afectivo, para develar ese fondo desconocido que transforme, al menos momentáneamente, el malestar de una vida plagada de desolación. 

El bar ofrece ese campo de encuentros múltiples, donde los rostros diversos se desfiguran para abrir el sentido de todo lo que nos sucede. Es un gran espejo de aciertos e infortunios que nunca nos devuelve lo que esperamos ver, sino el lado más (im)perfecto de la fábula que inventamos. Este es un bar atravesado por la magia de lo falso y la contundencia de lo real, donde unas mujeres habitan su feminidad con la soltura de quien afirma sus conflictos, los mira coquetamente y, al final, los besa como se lame uno inexorablemente sus heridas. 
Todo bar es una colección ardiente de grietas sensibles.




¿Cómo resistir esas contradicciones y no morir ante sus estallidos? ¿Cuáles son los caminos que se abren en la pérdida de una esperanza? ¿Cuándo nos volvemos tan ajenos que nos olvidamos el propio rostro? Detrás de esas figuras de lo femenino que comparten este bar, hay, en cada una de ellas, una fuerza que las somete, las violenta al punto de desbordarlas con un exceso ultrajante: la culpa, el abandono, la melancolía, la soledad, la tristeza de verse cotidianamente repitiendo, y repitiendo, todo lo que no se desea ser y hacer, como un desfile burlesco de desatinos insistentes. 

Entre tanto, en el bar, estas pasiones conflictivas toman forma de risas frenéticas y gestos sobrios, todo un vaivén de sentimientos germinales, que dejan advertir en sus movimientos lo latente de una fuerza tectónica a punto de convulsionar. Quizás porque lo femenino arrastre el impulso de un volcán, de una marea, quizás porque lo femenino sea un salto en el abismo profundo de las paradojas.



Los protagonismos se alternan y varían en escenas cruzadas, sostenidas por la proximidad cómplice de las demás figuras que murmurando arman un coro gestual, como esas segundas voces que dan fuerza al que canta. Todas sienten en su intimidad, y a su modo, la desazón de la frustración. Las risas contenidas, las miradas penetrantes, las voces alteradas, las esperanzas quemadas, y ninguno de los evocados responderá al llamado de sus anhelos amorosos, ni por el recuerdo violentado de viejas historias, ni por la insistencia de las ilusiones, ni por las desencantadas quejas a la cobardía varonil. 

Pese a ello, el consuelo colectivo se presenta multifacético, cada una aporta su resto distinguido para resguardar a la otra en sus caídas más deslucidas. Es un cuerpo heroico el que ampara a otro pese a estar desbastado, siempre quedan fuerzas para intentar avivar un fuego extinguido.




Cuando la noche avanza y la memoria se duerme, el bar se vuelve amigo de los que desean inventarse una vida. Su espacio confuso, su escenario deslucido, es el territorio propicio para deshacer la cruel distancia que separa lo que acontece de lo que imaginamos. 

En las noches atiborradas de humo y espuma, las penumbras se vuelven aliadas de los soñadores. Mientras la música se desvanece lentamente entre velas apagadas y tacos rotos, entre el rouge desalineado y el cuchillo en la mano, solo nos queda una irremediable apuesta: Seguir sosteniendo hasta el amanecer el canto vital, con su profunda sensibilidad singular, con todas sus contradicciones, con todas sus paradojas. 




domingo, 25 de enero de 2015

Fellini 8 ½


Notas sobre Fellini 8 ½ (1963) de Federico Fellini


Un silencio entre tantas imágenes, sonidos, palabras. Un silencio necesario y buscado. Un silencio que en cierta forma es lo más próximo que se puede estar de algo denominado como verdadero. Pero pese a ello, la vida, el arte, la política, el espectáculo, se conjugan en la incertidumbre que arrasa con esas búsquedas, con esas estancias de silencio. Un bullicio que recorre todo el film entre palabras en diversos idiomas, rostros, personajes, imágenes, sonidos, etc., para atravesar la realidad de un personaje, que es uno y muchos a la vez. 


La incertidumbre nace de la multiplicidad así como la certeza de la unidad. Se pretende unidad donde por debajo sondea una fuerza múltiple, densa e inquietante. Lo múltiple, sus trayectos, sus líneas, sus trazos, no son más que un recorrido que se diversifica a sí mismo, se diferencia. Guido se diferencia en sus sueños, presentes múltiples que se traman con los pasados diversos. Guido es un personaje múltiple que evoca el pasado en un presente diverso. Es un personaje de la diferencia. Está en medio de un film, haciendo medio film, a medio vivir, entre lo que ve, siente, sueña, experimenta y cree. 

Un personaje de perversión, por su fuerza intermitente que no deja de atravesar y de tomar decisiones paradojales. Un personaje que se asemeja a Don Juan, no solo por sus permanentes referencias a los amores, sino por su figura desdoblada entre la imagen de sí y de los otros que no cesa de devolver nuevas formas diversas de sí mismo. Como Don Juan, Guido tiene infinidad de rostros, de afecciones, de pasiones. Don Juan, perverso por su multiplicidad, por su arriesgada empresa de atravesar las formas regulares de la personalidad, por su intensidad en el amor, por amar infinitamente cada nuevo rostro. 


Guido es un Don Juan venido a menos, la rebeldía del harén, imprime las huellas de una vejez que se ha vuelto el hábito de lo indecidible. Se presenta como una figura añeja, que no sabe amar: un doble, una sombra de Don Juan. Y el film no se acaba, como no se acaba la vida tras la muerte: un baile a ritmo de carnaval, que al final, se presenta como la comunidad más íntima de los actores con el mundo que los transita. 


“Mezzo” film es más que un film, por sus potencia activa de afectación, por el sabor que se desprende de ese baile que reúne el arte y la vida por el ritornelo de afectos que se deja llevar. Y ante semejante baile, irresistible por cierto, Guido huye. Porque no queda más alternativa que huir. Huir es la única manera de crear un nuevo mundo, de hacer brotar la vida en medio de lo que asedia. La huida nos abre la vida y el mundo se va con ella. 



martes, 7 de enero de 2014

Apología del dinero

Apología del dinero
  
“El dinero… es la verdadera fuerza creadora”[1]



El flujo indeterminado de traspasos internacionales, de vocación virtual, de fugaces dinámicas y acelerados agitaciones. Un intento infortunado de cambios fluidos y versátiles entre masas críticas y devastadoras, sobredimensionadas y abultadas. Un economía que se extingue en el seno de la pura materialidad, cómicamente articulada por flujos virtuales e imperceptibles, salvo por kilométricas secuencias numéricas en las cuentas ficcionadas de los bancos. La ironía mayor: el excelso símbolo de materialidad devenido en transparentes flujos imperceptibles.
Un Peso, un Dólar, una Lira, el Euro, las Rupias, los Yens, las miradas, los trueques, los amores, las dadivas mercantiles. Un evocado anhelo de advertencia perturba a los antiguos, Aristóteles ya lo prevenía en el libro I de Politeia[2], los valores de cambio y los valores de uso, la crematística. El precio, el valor, las distancias objetivas y las distancias subjetivas que se apoderan de los objetos (y de los sujetos) confundidos de tanto hablar. Tomar el medio por el fin es una de las mayores confusiones existentes; atesorar algo que fue hecho para fluir, cristalizar lo que es para correr. En medio, la ambición y el vacío, una desolación que se intenta llenar de materialidades y productos.
Muchas son las formas de intercambiar el dinero, Su funcionalidad específica fue conceder el grato privilegio de canjearlo por lo que es necesario. Es el comodín de la vida (sub)objetiva. Pero confundiendo el medio con el fin, se busca no conseguir lo que es necesario sino coleccionar figuritas repetidas, verdes, amarillas, rojizas, y las tan ansiadas violetas (¿Quién es ese del retrato?). Buscamos y buscamos desesperadamente dinero, nos desvivimos por ese elemento de cambio. En fin, ¡Vivimos “por” el dinero!


Hubo una época donde el dinero era reconocido por su propia existencia, se lo apreciaba por su misma materialidad[3]. Perdidos en el fondo de la representación, el dinero devino en mero signo, indiscriminado, tibiamente desacreditado. Los altaneros deseos y las pretensiosas alas emplumadas de pomposidad, retomaron el fetichismo materialista y la enajenación más intestina, el trabajo se volvió un uso desmedido de la fuerza productiva para sustentar una vida que solo subyace como natural. El dinero es la voz del naufrago. Un capricho del sistema dominante para esclavizar y doblegar los intereses reales del ser humano. Ficciones infernales que “Cristalizan”[4] los sueños (impuestos) de los seres (sub)humanos.
Sin lugar a dudas, muchas son los que están enajenados de sus propias vidas en busca de más y más dinero, pero nunca faltan los que en solemne posición se encargan de proferir mandatos de arrepentimiento y falsa pobreza, los que en alta pomposidad pregonan la búsqueda del alma. Estos moralistas que discriminan y rechazan férreamente el dinero también están segregando lo diferente y no comprenden la verdadera existencia del dinero.
Tanto los ambiciosos y codiciosos como los moralistas aleccionadores, se preocupan unos, en ciega dirección, por aprisionar el dinero; otros, en ostentosa actitud, por negarlo en su “diabólica” esencia. La pregunta que surge es: ¿quién verdaderamente conoce el dinero? ¿Alguien se ha preguntado por su verdadera vida? ¿Su real modo de operar en la vida cotidiana? ¿Alguien se preguntó por las originales operaciones inmanentes del dinero? ¿Alguien mira con ojos de dinero? ¿Quién se pone en su lugar? (Empatía)
La verdadera existencia del dinero opera en los caminos de la dadivosa inmolación de su esencial providencia. Es una existencia de generosa acción, de donación permanente por lo que su poseedor desee. El dinero, en acto altruista, se brinda sin quejas ni protestas ante los caprichos de su detentador y cede sus dones hacia una satisfacción plena de este último. El dinero, se desprende de sí mismo para gestar la materialización de los deseos. Se dona en su más íntima esencia para dar cabida al nuevo ser (material).
La existencia del dinero no solo se entrega indiferentemente sino que también es una vida de flujos y cambios constantes, de tránsitos infinitos y devenires persistentes. Se deja llevar por los “inevitables” que ponderan las vidas entramadas en pluricausalidades imperceptibles. Surcando entre los más sutiles despropósitos y las múltiples calamidades de la ingenua seguridad, el dinero se entrega y fluye permanentemente entre los azares volátiles que lo seducen y convencen a entregarse al mayor y más refinado de los amores, el amor al destino[5]. La vida del dinero propone una existencia de entrega y flujos constantes, una existencia de dadivosa acción y armoniosa fluidez ante los azares de la vida, es una existencia que se encamina en los bellos senderos de lo imprevisible y el encanto de los albores nacidos en los valles del azar. La propuesta es: Vivir no “por” sino “como” el dinero.    
  




[1] Marx, Karl: Manuscritos. Economía y Filosofía. Madrid. Alianza. III m., pág. 180
[2] Aristóteles: Política. Madrid, Alianza Editorial. Libro I
[3] “El metal no aparecería como signo, y como signo medidor de las riquezas, sino por ser él mismo una riqueza” Foucault, Michel; Las Palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas Madrid. Siglo XXI. 1993. Pág. 167
[4] El sentido común utilizado para la palabra “Cristalizar” refiere a la concreción de potencialidades no actualizadas, pero este no es el trasfondo que subyace a la cuestión. “Cristalizar” es sinónimo de estancamiento, de dureza, de fijación, aletargamiento; en fin, cuando alguien dice: “Cristalizar” detrás se esconde el trazo desvergonzado del sistema dominante que intenta asegurar y detener flujos que son de naturaleza fluidos y siempre cambiantes.
[5] Federico Nietzsche, Filósofo alemán del S.XIX, hace esta exaltación del amor hacia el destino como una de la más perfecta manifestación del Amor. Cf. Nietzsche, F.: Gaya Ciencia; Ocaso de los Idolos, Genealogía de la moral y el Zaratustra. (múltiples ediciones). También una referencia en un texto del año 1872, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

lunes, 9 de enero de 2012

Una pregunta imposible


¿Qué hace que nos preguntemos “qué nos queda”? Luego de una revolución en el pensamiento que abrió todo lo posible a una divertida pluralidad de acontecimientos infinitos, luego de haber desgranado hasta más no poder todo sustento estable que el ser humano podría llegar a aspirar, sea por falta de seguridad sea por soberbia, ¿qué hace que sigamos pensando en el vacío que nos traga, que nos envuelve y nos devora? ¿qué hacemos de ese vacío en el que se fragmentan todas las tentaciones, sueños y títulos? ¿Despilfarro de lejanía o íntima correspondencia con lo más propio? Mayormente, lo usual, sería reírse o llorar, patalear, sentarse a cenar y mirar una buena película para calmar el terror, salvo que el terror surja del celuloide. Apasionados buscamos una salida, pero debemos saber que no la hay porque simplemente estamos dentro. Inmanencia pura. Vitalidad íntima. Es más que un suspiro lo que debemos sentir luego de atisbar que en el horizonte ya no queda más que caminos infinitos, una línea que se multiplica y se mezcla superficialmente entre todo lo que rodea, trazado ilimitado de pasiones sin nombre. No es más que el sostenimiento de un gran espacio conectivo que se sabe anónimo, que se vive anónimamente y que nos deja sin huellas, sin augurios, tan solo ebriedades danzantes, abrazadas y ausentes, de una implosión constante, atómicamente desproporcionada y vitalizada. Si nos deshacemos de todo eso, ¿qué nos queda? Una pregunta imposible: “¿qué nos queda?”… innecesaria, inservible, idiota. Solo los que se preguntan eso viven en la arrastrada nebulosa de las estrellas luminosas sin apreciar su pulsión íntima, su fuerza implosiva, que por cierto, no es de ella sino del cosmos. 

lunes, 22 de marzo de 2010

Sobre Eternidad(es) y Belleza(s)

La eternidad esta enamorada
de los productos del tiempo .
W. Blake


Una obra escultural, una fotografía, un bello cuadro pintoresco, temporalidad sincrónica fijada en dimensiones inalterables, cánticos de eterna belleza llamados a morir.

Un susurro preponderante encamina los altos elogios dedicados al celestial modelo. La eternidad goza de los privilegios del permanecer inerte ante esta agua destructora de materialidades que es el tiempo. La eternidad es perfección en su más puntillosa cavidad. Oculta un destello atómico de grandeza y plenitud. Sísifo lo sabia, no era su muerte la condena si no la misma eternidad del forzado trabajo. Blake, el oscuro, lo develo. La eternidad se ha enamorado de la belleza que emana la fugacidad de lo contingente.

Nada más cercano al pensamiento griego antiguo que la idealización divina de la Belleza, nada más inherente a las divinidades lejanas que el certero calificativo de "Eterno", propiedades, aderezos, condimentos infaltables en el manjar del imaginario celestial.

La asintótica búsqueda de los inalcanzables describe redondamente la primera estupidez del hombre. Una desesperada búsqueda de eternidad, belleza y juveniles atuendos. Una travesía sinuosa encarada frenéticamente en pro de excelsos ropajes, pesos innecesarios que adornan nuestra opaca carencia, e identidades limitadas por materialidades canjeadas. Una constante y caprichosa búsqueda de una "Bella y juvenil Personalidad”

El sueño cotidiano territorializa en la ambigüedad que confronta un anhelo de Eternidad con la caducidad de lo mutable. Una ambigüedad temerosa, que atraviesa las entrañas de lo mortales que solo se arriesgan al deseo de la perpetuidad pero que no esperan obtenerlo. ¿Soportarían tan pesada diferencia? ¿Se atreverían a ser diferentes? ¿a ser eternos en un mundo pasajero?

El vertiginoso escape de la realidad angustiosa que implica chocarse con uno mismo, nos precipita en la consciencia de los límites. Avocados a la realidad, la distracción es constante. Inmersos en el estrecho recién-presente y en el por-venir-inmediato, descuidamos el último y filoso corte de este desvío. Segunda estupidez humana, atosigarse de materialidades petrificadas por las pretensiones de inmortalidad que obstaculizan la mirada hacia la finitud. Embarcarse en un viaje de aprensiones, de id-entidades brillosas que nos eternizan falsamente, una vida en y por las cosas.

La estupidez humana desintegra la lógica parmenidea: Ser y no-ser a la vez. Una estupidez bipolar: buscar lo inalcanzable y olvidarse de la finitud. Adornar una belleza efímera con pretensiones de eternidad es olvidarse de lo fugaz de este pasaje. ¿Eternidad o Eternidades? ¿Belleza o Bellezas? Quizás lo eterno y lo bello tengan que ver con una linealidad perpendicular a la horizontalidad del tiempo. La vida, como todo segmento, esta atravesado por infinitos momentos (puntos) que pueden ser eternizados si lo consideramos en su verticalidad. Quizás sea esta la única forma de eternidad y belleza posible en un cambiante y transitorio mundo fugitivo…

La misma escultura, capricho tridimensional de la voluntad de representar, se erosiona; el cuadro inerte eclosiona en un constante devenir de ocres moribundos; la fotografía exuberante de vivas alegrías fenece en sepia carcomida. Y el hombre, multitud de insignificancias, se desgarra, lentamente, ahí en el fondo, en un cofre de oro y vestido de seda, destinado al abono de un nuevo y cíclico período.

domingo, 21 de marzo de 2010

Mi Muerte... Las Muertes...

"Mi Parca yo la acogeré gustoso
Cuando Zeus quiera traérmela..."
Il. XXII, 365 

Mi muerte y yo… Mis muertes, las muertes… Amanecida en los brazos de una madre sin tiempo, mi muerte rueda en compañía de mis anhelos, los acompaña instigando sus giros, abrigando sus alas. Coloreando sus matices decaídos y celebrando los avances de mi nada…



Mi muerte coquetea con mis pasiones y seduce mi razón, coloquio de salón para mi mente, caldero hirviente para mis lujurias… y entre instantes siento que su voz susurra desde las sombras como una aliada del viento. Reiteradas veces se ha puesto desnuda ante mí y solo he podido reconocer su silueta. Una mínima mueca deslucida de su prisma tajante.

Ella se ríe conmigo cuando esquivo los dardos, cuando acierto una pincelada o socavo un despropósito. A veces pienso que también me ayuda a elegir los pasos correctos. Quizás porque caminamos juntos en cada pisada; porque hablamos en cada silencio; o quizás, porque nos miramos en cada sueño.

Mi muerte sabe de mi hambre, sabe de mi olvido, sabe que las noches no temen al día y sabe que el día huye de las noches. Como las olas se esconden en sí mismas para aumentar el espíritu del mar y devolver a las arenas su forma original…

Mi muerte se desliza por mis dedos alcanzando todo lo que toco, un Minos con potencia redentora. Abrazo su paz, y escondo los restos de mi historia personal, me oculto en su mirada y el horizonte se hace infinito… no hay tiempo en esa mirada, no hay espacio en ese acople, las banalidades se pierden en una eternidad salvadora, los triviales éxitos se desvanecen, cesan los orgullos y se desgajan las corazas del alma: qué sonrisa no se escaparía ante tal amor…

Mi muerte baila y siente sus pies gozar con mis pasos de marfil, mimesis del cósmico renacer, canta entre corales destinados al Edén… es una mujer que quema su vientre para dar nacimiento a la eternidad… un amor imperecedero que alcanza las más altas cumbres de la sutileza…

Mi muerte está ahí mismo, en cada letra que se vierte sobre las celdas permutables de lo que escribo, mi muerte zigzaguea y arremete, quiere domesticarme, quiere amaestrarme y educarme en su milenario secreto. Mi muerte conoce todos los secretos.

Mi muerte conoce mis límites, mis canciones, mis amores, y sabe que el color de las ropas que porto no es transparente. Con mi muerte solo muero, tan solo muero coronado de pomposos despojos de pesada alcurnia… Con mi muerte solo se muere, múltiples veces, milimétricas y millonarias veces en cada instante que la luz de su sonrisa destila el alma somnolienta…

Y en ese espacio de verdad que se abre ante su abrazo, el despertar despliega sus dones, disolviendo mis lagañas en su luz, coloreando los grises sombríos de un asfalto gastado de ardor, y sin desprecio por mi olvido, las escenas se comprimen en un adiós profundo y silencioso. Mi muerte sabe que en ese instante tan sublime, en ese intenso abrazo de hermanos… mi muerte sabe que no solo yo voy a morir… sino que ella morirá conmigo…



Cazadores de Fuegos


Las búsquedas de la noche nunca son infames, los bosques de cemento no se entreveran ni callan para devenir silencio. Es en los momentos de apuro, de mayor apresuramiento por alcanzar un estado de comodidad o de apacible estabilidad, cuando unas bocanadas de aire se acercan para aprisionarnos en calles de miedo o, por lo menos, de sospecha, y la pesada manta de estrellas nos cubre con confuso deleite… La expectativa no espera, se adelanta en prejuicios y devaneos sin meta; insistente, apremia y corrige las sombras en fantasmas del imaginario. Las calles se pierden en un lejano punto apenas iluminado por un camino de ocres destellos. Las voces de los árboles susurran en un perdido unísono multifónico y las hojas, cuando las hay, delatan a los perdidos que en la noche encuentran su cadalso. Parecería que en esos momentos se tarda más, se lentifica el esperado servicio, como si se escondiera detrás de las esquinas meditando la crisis o el asalto. Se retrasa en paz, con desgraciada indiferencia recorre los intestinos de cemento hurgando los recovecos más precisos y calando los cordones arruinados del día. Se toma su tiempo, se toma su tiempo para pasear y conocer lo que la oscura vuelta devela en borrosas imágenes y sin detenerse, salvo al llamado sediento, escala tímidamente las avenidas sin dejar más rastro que el gris imperceptible… Es una larga espera que, por lo general, deviene en incertidumbre, y confronta las razones más delirantes de la tardanza. Pero al ser trascendida por ese mismo letargo del tiempo, emerge la inquietud más perversa, una que se asemeja al olvido… Es cuando, en el caso que fuere, se decide calmar el atosigamiento angustiante, con el calmante predilecto, un analgésico delator. Se inicia el ritual milenario, las manos, aun impacientes, se apresuran, aunque cordial y medidamente, en apelmazar la hebra; la mirada perdida en el trasfondo de un horizonte estéril, y la herencia prometeica acciona su calor; la mirada retorna y se hunde en el hueco aun más oscuro que deliberadamente destella ante la capital ignición. Un fulgor casi eterno despierta lentamente en la inspiración profunda que aviva el rojo ardor. Los ojos se cierran, como cuando se logra la plenitud, y las vibraciones colapsan en un segundo de calma. El mismo gris invisible se deshace en un soplo de tenue brisa y las venas regularizan su tránsito. Es ahí, en ese instante trascendental que confluyen las simpatías más íntimas, que entre las sombras del largo sendero, se vislumbra con un vaivén lumínico un rinoceronte de metal, que se abalanza ante la presa humeante, como bólido cazador de fuego en la búsqueda de una víctima más…

Vocales Adheridas


¿Qué se podría decir de la prolongada predisposición habitual que estira dilatadamente los conceptos en una vocal caprichosa en los coloquios cotidianos?



Sucede que en muchas de las tertulias vivaces y delicadas, donde los doctores en pasiones secretas y los intelectuales del bolsillo aceptan y comparten debates efímeros sobre la brevedad del destino fugitivo o las complicaciones monetarias, existe una reiterada predisposición, quizás no consciente, de estirar ciertas vocales medias de palabras técnicas con la pretensión de contagiar su sentido por “osmosis” (¿anhelo cognitivo o vacía telepatía?)



Detrás de estas anchas terminologías podría esconderse una balbuceante ignorancia del trasfondo conceptual expresado o bien, quizás, un insistente fonema que no pretende despegarse de los maxilares. En todo caso, me quedo con la primera. Se hace intrigante, y hasta desesperante, no preguntar, aunque sea silenciosamente, si realmente se comprende el término dilatado. Por debajo, en los fondos alternos, retorna un risa que trasciende los avatares de la circunstancia, sobrevolando las ignorancias y las soberbias, descansando en un asentimiento apaciguante que da por terminada y comprendida la pretensión inmanente de comunicación teórica. Un juego de sonrisas, de máscaras, de ignorancias…